Reírse en un funeral. Llorar de risa o enfadarse con un halago. Parece fuera de lugar, pero no hay nada más humano que la contradicción.
Aquella tarde de verano parecía un día tranquilo. Había preparado a Mario un plato de verduras horneadas con todo su amor, poco amor o mucho amor, quién sabe. Lo que sí estaba claro es que lo hizo con todo el amor que le quedaba.
Comprar fruta y verdura era uno de sus pasatiempos favoritos. A ella le encantaba acercarse a la frutería del barrio. Una frutería llena de formas coloridas, relucientes y llenas de vida que nada tienen que ver con las que se encuentran en un supermercado. Cada día volvía con una nueva variedad exótica; tirabeques, plátanos diminutos, berenjenas japonesas. Cada día volvía con un nuevo descubrimiento que compartir, con algo que le diera color y emoción a su vida. Con algo que la hiciera sentir.
Mario estaba demasiado ocupado o quizá demasiado acostumbrado a todo aquello. La tenía tan cerca y normalizó tanto su compañía que ya apenas sentía nada. Le pasaba como a esas personas que, sin darse cuenta, usan el mismo perfume durante mucho tiempo y acaban convirtiéndose en unos tontos de narices.
Lo cierto es que era un completo imbécil, no malintencionado. Era un imbécil en el sentido de que no sabía. No sabía que aquella no era una tarde más de verano, no sabía que aquel día sus últimos diez años darían un portazo.
–Por favor sube –dijo ella.
La casa en la que vivían tenía dos plantas. Mario era muy lento para todo, por suerte para él aquella escalera de caracol le regaló el tiempo necesario para darse cuenta de lo extraño que resultaba que le pidiera algo por favor. En ese momento se dio cuenta de que; por favor y gracias ya no era una muestra de amabilidad, sino más bien un grito de auxilio. Subió los últimos escalones, respiró profundo y fingió que todo estaba bien. Aunque lo sabía de sobra, se negaba a aceptar que las cosas iban mal.
–Ya no siento nada.
Esas fueron las últimas palabras de su chica y en cierta manera para Mario fueron un alivio. No es que él quisiera que aquello terminase, siempre había fantaseado con la idea de que algún día conseguiría hacerla feliz. Vivía frustrado y paralizado ante la idea de no poder devolverle la sonrisa que recuerda de aquel día en que lo vio planchando por primera vez. La escena no tenía gracia, ni Mario era torpe. Al contrario. A ella le parecía sexi ver a un hombre planchar y eso la hacía feliz. Nunca lo consiguió. Una vez escribió en su diario:
Para ti todo en esta vida es molesto,
como una mosca en verano sobre la piel.
Pocas cosas te hacen disfrutar.
Los amigos, la familia, el trabajo, todo es un asco.
Que te fijaras en mí fue toda una fortuna.
Casi imposible.
Dime qué fue lo que viste en mí.
Aún no lo comprendo.
Lo único que sé es lo doloroso que resultó
el día que dejé de ser una excepción.
No hubo drama, no hubo gritos ni reproches. ¿Cómo se puede tener tan mal gusto? Es normal que la vida sea tan aburrida, ya no hay nada de teatralidad. Otro en su lugar hubiera cargado una escopeta y hubiera pintado el techo más rojo que un Ferrari. Porque todos podemos vivir sin un Ferrari y no pasa nada, pero ¿cómo puede alguien estar tan tranquilo cuando pierde a la relación más importante de su juventud?
–Te entiendo. –Esas fueron las últimas palabras de Mario y en cierta manera para ella fueron un alivio; porque hasta ese día, nunca se entendieron. Ella era un huracán y él un mar de calma, tranquilo, sin olas, con transatlánticos hundiéndose hacia el fondo y sin remedio hasta quedar cubiertos por el musgo sin que los bañistas fueran conscientes de las toneladas de acero oxidado bajo sus flotadores.
Ninguno parecía enfadado. Aquella tarde incluso compartieron momentos cómplices. Se miraban los ojos fijos sin apartarlos en ningún momento.
Era un gesto tan olvidado que parecía nuevo. ¿Qué estaba pasando? Sus pupilas se dilataban, las pestañas se negaban a juntarse, ninguno de los dos quería perderse un solo segundo de ese momento. ¿Aún se amaban o era el miedo a no volver a verse nunca? La casa estaba llena de cajas y sentados en ellas, junto a un sofá color cerceta ya embalado y sin patas, compartieron con melancolía anécdotas de los años que pasaron juntos, se abrazaron con ternura y perdón, también fantasearon con la posibilidad de un futuro. Las personas correctas en el momento incorrecto, decían. Incluso se rieron juntos. Todo estaba tan fuera de lugar que, si alguien pudiera haberlo visto, no hubiera sabido adivinar si aquello era el final o tan solo el comienzo.
En esa desagradable tarde de verano, vivieron un momento tan asqueroso y perfecto que el pobre Mario, iluso, se despidió diciendo –Ojalá me dejaras cada día.
Esa misma noche Mario se marchó de casa con sus cosas. Antes de acostarse, entre lágrimas y con la almohada empapada, ella escribió en su diario: “Hoy fuimos auténticos.”
Nunca más se volvieron a ver.
Fin de muestra